Esta mañana, con la mente descansada
y despierta, me envolvía el halo de paz y armonía que se respira en mi
santuario, sobre todo durante las primeras horas de la mañana, y he disfrutado
leyendo uno de los libros que más me gustan para reflexionar sobre uno mismo.
Me he topado con una cita del
poeta hindú Rabindranath Tagore, que ha despertado mi deseo de escribir sobre
un tema al que llevo tiempo dándole vueltas. Las palabras de este premio nobel
de literatura dicen lo siguiente:
“Cuanto más grandes somos en
humildad, tanto más cerca estamos de la grandeza”
Me gustaría que el lector piense
detenidamente esta frase, pues imagino a muchos leyendo esta cita, y sin
reflexionar un segundo sobre ella, se sientan totalmente identificados y se den
una auto-aprobación proporcional a la carencia de su modestia. Si eres una de
esas personas que casi con cualquier motivo, en casi toda conversación saca “humildemente”
a relucir lo exitoso de su carrera profesional, su coche, su casa de la playa,
sus viajes, su sabiduría y su gran verdad, recomiendo, yo sí que humildemente,
un poco de trabajo personal, pues a la larga, son las personas sencillas y
naturales las más apreciadas, y no las que intentan forzosamente agradar y ganarse
a los demás a base de presumir, con el peligro añadido que esto conlleva de atraer
amigos falsos y complacientes.
La falta de humildad conduce habitualmente
a la distorsión de la realidad, a percibir el mundo desde una posición en la
que el sufrimiento, carencias o problemas de los demás están ahí, y crees
sentirlos y comprenderlos, pero en realidad vives en un pedestal tan alto que no
llegas a ver los ojos llorosos del que tienes en frente. Estás acostumbrado a
tenerlo todo en la vida, has ahorrado pero no por pura necesidad, no te privas
de apenas ningún placer cotidiano y te sientes poderoso, en el fondo, porque
pareces tener algún tipo de control sobre los demás desde ahí arriba.
Es una enfermedad muy común,
probablemente más extendida que la gripe en invierno, la falta de habilidad
para ESCUCHAR a los demás (nótese que digo escuchar, en mayúsculas, no oír). El
déficit auditivo no derivado de patologías médicas es muy común e irritante...
Seguro que os habéis visto en la situación de estar contando algo muy interesante,
quizá importante para vosotros y tener la certeza de que tu oyente está
pensando en lo próximo que tiene que decir sin echarte cuenta (como diría mi
coliflor). Y es que se nota en la expresión de su cara, en las respuestas
pre-fabricadas, lo sientes en las entrañas! En el mismo plano se encuentran
aquellas personas que para todo tienen una primera respuesta en la recámara: “No,
pero…”; pese a que acaben dándote la razón u opinando exactamente lo mismo que
tú, parece como que no pudieran sentirse realizados dando la razón a otra
persona y siempre tuviera que salir de ellos la conclusión final. Hace tiempo este
síndrome conseguía me hirviera la sangre, hoy me da lástima por quien lo sufre
y soy más feliz dejando actuar la sabiduría del silencio, remanso de paz.
Continuando con el saber hinduista, dice un proverbio: “Cuando hables, procura
que tus palabras sean mejores que el silencio” sino, mejor callarse.
Por último, no puedo olvidarme de
los vocingleros, por haber pertenecido al concejo central de este equipo, pese
a mis esfuerzos, todavía de vez en cuando me salgo del Do mayor. Y es que en mi
familia, es muy posible que, si pides el pan en un tono normal, nadie te lo
pase y puedes llegar a tener más razón cuanto más alto hables, por lo que la
verdad está adjudicada de antemano.
Todos tenemos carencias sociales,
todos. La diferencia radica en el interés que cada uno tiene en superarse y
mejorar como persona y como ser social. Pero esto es como dejar de fumar, si no
tienes un compromiso firme contigo mismo de querer cambiar, no importa las
veces que lo pienses o lo digas en voz alta, no cambiarás nunca. Si te excusas
a ti mismo acudiendo a las fáciles “soy muy mayor para cambiar”, “el problema
es del otro”, “no puedo”, “soy así”, “lo voy a intentar”… estás perdido.
Quedan muchas cosas interesantes
por leer, emociones que sentir y personas por admirar, algunas ya están a tu
lado (quizá no te hayas dado cuenta!), otras aún están por llegar, personas que custodian una historia de la que
aprender, conocimientos que enseñar y un futuro para compartir, dispuestas a
contagiar su vitalidad y energía positiva, si es que estás abierto, desde la
humildad, a ceder y crecer con cada revolución de la Tierra.
