Mi santuario es un lugar muy especial, un lugar que brinda
paz a mi espíritu, distensión para leer, estimula mi creatividad, alberga diversión
en mi afición a las series, confort en la inmensa cama que me abraza cubierta de
una colcha de plumas suave y esponjosa y otras tantas sensaciones agradables.
Entorno a media mañana, la luz que entra por el amplio
ventanal inunda la habitación en un halo dorado y vivo que inspira calma y
quietud. Me gusta acompañar este ambiente con un olor a esencias florales o
incienso, aunque la fragancia natural que existe ya es deliciosa, de frescura y
júbilo. En estos instantes siento la felicidad intensamente, concentrada como esencia
de perfume, y en mi mente flashes de todos esos pequeños momentos que me
brindan bienestar emergen, por ejemplo, la sensación en mis mejillas del frío
de la almohada en una noche calurosa, el olor a húmedo después de llover, sentir
el tacto de la alfombra bajo mis pies descalzos, una ducha de agua muy
caliente, una tierna caricia de mi sobrino, andar descalza en verano, el primer
café de la mañana…
He intentado con devoción convertir lo que era una simple
habitación llena de historias ajenas en parte de mí. Creo haber conseguido tal
propósito de una forma tan precisa que cualquiera que sin conocerme la visitase,
sentiría comprender en alguna medida como soy. Me gusta deleitar la vista de
mis paredes con presentes de procedencia exótica y lejana, algunos de los
cuales he tenido la suerte de adquirir yo misma en origen, éstos me recuerdan
que la sabiduría y el gozo más puros se encuentran viajando, un cuadro al óleo
de República Dominicana, un sombrero de Perú, un lienzo de Ghana, cestería de
Filipinas… También cuelgan de mis paredes algunos póster, en especial el de mi
querida Tour Eiffel a la que estoy deseando conocer en persona, tan alta y
robusta a las puertas de los Campos Elíseos, evocando el romanticismo, encanto
y seducción que desprende todo lo que la rodea, desde el idioma hasta la gastronomía
francesas. Por supuesto no podrían faltar incontables fotografías de innumerables
recuerdos que han marcado mi vida y forma de ser.
Estas cuatro paredes son también testigo y consuelo de mis
días tristes, quien me conoce sabe que tengo una sensibilidad a flor de piel,
pero solo en la soledad de mi cuarto derramo las lágrimas más amargas e
inconsolables.
Para muchos no será el dormitorio su lugar de la casa, ni el
más importante, quizá sea el salón por ser mucho más familiar, o la cocina
llena de exquisiteces para el paladar (comprendo enteramente esta elección), la
terraza a merced de la brisa que fluye o el garaje para aquellos que disfruten
de una casa en el campo, al fin y al cabo en esta afanada vida que llevamos la
alcoba se limita ya básicamente a pernoctar y ni si quiera es un espacio propio
cuando es compartido. Para mí, es una estancia irremplazable, única, mi reflejo
material, un museo de mi vida presente, la musa y cómplice de mis sueños y de
momento, personal.
Encaríñense con lo poético del concepto, pero no del lugar
específico, pues en esta vida todo cambia, nada se conserva para siempre, es lo
propio del crecimiento y desarrollo de la vida, de modo que no se sientan
tristes y frustrados cuando el futuro les depare un nuevo espacio, háganlo
suyo, lo bueno de la magia, es que se puede llevar a todas partes y pintar con
ella todo lo que se propongan, incluso las pareces de su cuarto.
