Tu única preocupación debería tener dos cifras, 24. Me refiero a las horas
de este precioso día en el que hoy el mundo ha amanecido. Con gusto aumentaría
la cifra a 48, dividiendo cada día en tramos de treinta minutos, en 96 cuartos
de quince minutos o incluso en 1140 mini fracciones de minuto, pues me
aproximaría a un número más ajustado a mi idea, pero siendo el tiempo tan
efímero, tampoco merece la pena ser puntillosos.
Hoy pueden pasar infinitas cosas, infinitas con una mínima probabilidad,
cientos con una probabilidad curiosa y decenas que tienen muchas papeletas. La vida da
muchas vueltas, yo siempre digo que a unos más que a otros, supongo que depende
de las probabilidades con las que juegues; yo imagino que éstas varían según
una ecuación matemática inexacta y complejísima cuyas variables, que son
infinitas y no estables, entran y salen a través de sumas, raíces,
multiplicaciones, exponentes, etc, arrojando resultados muy variopintos para
cada fracción de segundo. Así que hoy puedes cambiar tu destino ligeramente, de
forma radical o nada en absoluto.
La incertidumbre del devenir tiene una doble cara de excitación y angustia.
La vida no merecería tanto la pena si supiéramos a ciencia cierta que va a
ocurrir, cómo o porqué, pero la ignorancia absoluta de no saber qué va a pasar,
dónde y cómo vamos a estar en uno, cinco o diez años o si efectivamente
estaremos, consume grandes dosis de paciencia y energía. Sin embargo es a
menudo, en el día a día, las cuestiones más mundanas, las que nos dejan faltos
de aire. Divagamos sobre nimiedades que nos paralizan y desaprovechamos, sin
ser realmente conscientes de ello, incontables tramos de treinta minutos.
Esperamos una noticia, un ascenso, una confirmación, un mensaje con tanto
ahínco e impaciencia, que todo nuestro mundo se reduce repentinamente a un cubo
de rubik imposible de cuadrar, por lo menos no con la inmediatez que
pretendemos.
Las mejores enseñanzas de la vida son, a menudo, las más sencillas. La
clave radica en descubrir que en la naturalidad se encuentra la auténtica belleza
y felicidad. Pero cuando uno nace, o se hace, a unas conexiones neuronales
demasiado enrevesadas y complejas, se pierde parte de esa dicha que la
sencillez aporta. Entonces es necesario auto-educarnos para alcanzar aquello
que la naturaleza nos da y que por ley natural tenemos derecho a disfrutar. La
auto-educación es una tarea harto difícil pero imprescindible para gozar de
buena salud mental (propia y la de aquellos que nos rodean) y sobretodo, para ser
más felices.
CARPE DIEM. Para ser más exactos, la frase completa sería “Carpe diem quam mínimum
crédula postero”, aprovecha el día, no confíes en mañana. Lo habrás escuchado
mil veces, quizá lo llevas tatuado o cuelga de un póster en tu habitación. Es humano
que parte de nuestro tiempo se nos escurra entre los dedos sin haberlo
apreciado, lo importante es tener bien presente estas palabras. Dos sabios ya
hace años se las regalaron a los niños en forma de canción para que conocieran
desde el principio el secreto de la felicidad, y para que las tengáis siempre
presente, os las rescato del recuerdo: HAKUNA MATATA (Timón y Pumba).

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